Descubriendo el libro que debe llegar a las manos de quienes sueñan con ser periodistas

Azaña. Los que le llamábamos don Manuel, que más que una biografía es una semblanza personalísima de Josefina Carabias, una de las pioneras del periodismo en nuestro país.

  • Una recomendación de María Parente Mariño y Roberto Carlos Mirás

 

Este libro tiene que llegar a las manos de quienes sueñan con ser periodistas, de quienes ya lo son, de las mujeres que anhelan un ejemplo de coraje, de los que no lo leyeron en su momento, de los que no lo han incluido en su listado de crónicas fundamentales de la República. Puede estar en las manos de cualquiera porque Josefina Carabias tenía el don y la voluntad de escribir para todo el mundo

Elvira Lindo, en el Prólogo

Josefina Carabias
 
El punto de partida de Josefina

“Creo que todos los que hemos vivido una época histórica —en algunas cosas tan distinta, en otras tan semejante a la actual— tenemos el deber de contar lo que vimos, aunque sea mal contado, como es mi caso”, escribe Josefina Carabias en las primeras páginas de Azaña, el libro en torno al presidente de la República del 11 de mayo de 1936 hasta 3 de marzo de 1939. En estas pocas líneas, ya nos advierte de que las páginas que siguen no componen una mera biografía, sino que son un retrato de una época, de aquella que va desde los años previos a la República hasta el final de la Guerra Civil.

Podría decirse que Azaña es un retrato sobre el proyecto republicano, desde sus albores hasta su final, pasando evidentemente por los años en los que la República, a pesar de los conflictos internos y los innumerables obstáculos, se convirtió en una realidad y ya no en ese proyecto en torno al cual discutían en el Ateneo, en el Comité Revolucionario, del que formaban parte, evidentemente, Azaña, Alcalá Zamora, Largo Caballero, Indalecio Prieto, Miguel Maura, Álvaro de Albornoz, Marcelino Domingo, entre otros.

Punto de partida

Carabias comienza su recorrido histórico en la dictablanda de Berenguer, momento en que Azaña presidía el Ateneo de Madrid, que había recuperado parte de la libertad perdida durante la dictadura de Primo de Rivera y en el que muchos jóvenes, entre las que se encontraba la propia Carabias, que todavía no había entrado a formar parte de la redacción de La Voz, se formaban con los más grandes intelectuales de la época, empezando por Valle-Inclán, figura recurrente a lo largo de todo el libro y con quien Carabias mantendrá una relación bastante estrecha, entrevistándole en más de una
ocasión. Particularmente conocida es la entrevista que le hizo nada más entrar a trabajar a La Voz, puesto que, como ella misma le confesaría al escritor gallego, al no encontrarle en ninguno de sus lugares de frecuentación habitual, tuvo que inventársela:
“Como hubiera sido horrible fracasar en lo primero que me mandaba un director al que acababa de conocer, no he tenido más remedio que hacer la interviú de memoria. Quiero decir que he puesto las cosas que le había oído a usted otras veces”. Una sonrisa de aceptación fue la respuesta de Valle-Inclán ante la sinceridad de la periodista, cuyo primer día en La Voz no pudo ser más glorioso.

Azaña: el hombre detrás del político, Carabias: la mujer detrás de Azaña

“Para quienes le conocimos y hasta le tratamos durante varios años, es un deber contar cómo era, o cómo nos parecía, aquel hombre poco común
que, habiendo vivido cincuenta años en una relativa oscuridad, dentro de un círculo reducido de intelectuales, dio en sólo los diez años siguientes el
salto a la fama más extensa, conoció el sabor del triunfo, la mordedura de la calumnia y, finalmente, un doloroso calvario”, anota Carabias en las
primeras páginas del libro. Para ella, ante todo, como periodista, como testigo de un momento histórico y como amiga, era un deber escribir sobre
Azaña, un hombre que, como confiesa en repetidas ocasiones a lo largo del libro, no era fácil conocer, sino que se escondía tras una capa que no permitía percibir siempre su cercanía o su humor. Como un erizo que se esconde o como una castaña a la que hay que quitar las espinas antes de llegar a él, así describe Carabias a Azaña, tratando de mostrar la persona, más allá del personaje histórico y, sobre todo, al hombre detrás del político. Por esto, más allá de su vida política, la periodista se detiene también en la vida familiar, en su matrimonio con Dolores Rivas Cherif, una mujer mucho más joven
que él.

Más allá de su vida privada, Carabias describe a Azaña como algo más que un político, subrayando su interés por la literatura, su intensa actividad en
el Ateneo, del que fue director y al que siguió acudiendo hasta el final. De hecho, fue precisamente en el Ateneo donde comenzó la vida política de este hombre, del que la periodista destaca su inteligencia y su brillante oratoria. 

Azaña
En 1934

Azaña siempre se definió como un burgués -de ahí los conflictos con los socialistas, herederos de Pablo Iglesias, que veían con desconfianza la posibilidad de gobernar con un partido que no renegaba de pertenecer a la burguesía- “una vez disueltas las Cortes, resultó que los socialistas, o al menos los más influyentes de entre ellos, pensaron que les convenía más ir a las elecciones solos. Era la única forma de paliar el desgaste que les había ocasionado la colaboración con el Gobierno. Así podrían prometer a su electorado lo que no les había sido posible hacer formando parte de un Gobierno todo lo republicano que se quisiera, pero, al fin, burgués”-, le gustó vivir bien rodeado de libros, combinando su pasión por la política con sus intereses literarios, que se reflejan constantemente, como apunta Carabias, para quien Azaña terminó revelándose como gran escritor en sus textos memorialísticos: “Todavía no había descubierto que solamente llegó a ser un gran literato cuando no se propuso «hacer literatura». La prueba la tuvimos muchos años más tarde, al comprobar toda la emoción y el garbo de escritor que late en muchas páginas de sus memorias”, afirma la periodista, añadiendo: “También hay emoción y creación de escritor en algunos de sus discursos, muchos de ellos improvisados”.

El Madrid literario de Azaña

La descripción de los intereses literarios del que fuera presidente del gobierno de la República de finales del 1931 a 1933 va acompañada de una descripción de la Madrid de los años de la República, una ciudad literaria y culturalmente viva. Es ahí en esas tertulias, en el Ateneo, en las conversaciones a pie de calle, donde se forma Carabias, donde se convierte en periodista. Hay algo de añoranza en sus líneas, seguramente la añoranza de quien sabe que ese tiempo fue irrepetible y que, tras la guerra, ni la ciudad ni muchos de sus ilustres vecinos sobrevivieron.

Josefina Carabias, una periodista con todas las letras

“Yo no era entonces periodista. Ni pensaba serlo. Me habría gustado escribir. Pero ¿para qué intentar algo en un campo en el que ya estaba todo hecho? ¿Cómo pensar en publicar un libro en un país donde había escritores como Valle-Inclán, como Baroja, donde los había habido como Galdós?”, recuerda
Carabias en Azaña. Afortunadamente cambió de idea. Tras licenciarse en Derecho en 1930 en la Universidad de Madrid, ciudad en la que desembarcó desde su localidad natal de Arenas de San Pedro (Ávila), y tras pasar los años que duró la licenciatura en la Residencia de Señoritas dirigida María de Maeztu, Carabias convirtió el Ateneo de Madrid en su segunda casa. Ahí, conoció a Valle-Inclán, a quien entrevistaría en más de una ocasión, a Ramón de Unamuno y a Manuel Azaña, hacia el cual terminaría sintiendo no solo admiración, sino profunda amistad y al que dedicaría uno de sus libros más destacables: Azaña. Los que le llamábamos don Manuel.

1935, haciendo un reportaje sobre el paro obrero en Madrid
 
Sobre Josefina Carabias

Josefina Carabias tenía el don y la voluntad de escribir para todo el mundo, con una humildad de estilo que hacía que pudiera saborearla cualquiera

ELVIRA LINDO.

Tom Wolfe parecía muy original con el nuevo periodismo, pero Manuel Chaves Nogales y Josefina Carabias ya hacían una información de largo aliento y calidad literaria

ANTONIO MUÑOZ MOLINA.

Sacar a la luz a Josefina Carabias me parece un acto de justicia y un homenaje a la que considero que fue la primera mujer periodista profesional en España

FERNANDO GONZÁLEZ URBANEJA.

Era la cronista por excelencia. Llevaba a sus columnas el relato vivo del episodio o del personaje con la fuerza narrativa de la observación directa […].
La decana del periodismo femenino español

JOSÉ MARÍA DE AREILZA.

Moderna, precursora, valiente, tenaz… Mucho antes de que el periodismo llegara al altar del Nobel, Carabias dignificó la profesión y la convirtió en literatura, en arte hecho con palabras

INÉS MARTÍN RODRIGO.

Hoy más que nunca es un deber reivindicar a Carabias, maestra de muchas y de muchos. Rescatarla es construir un relato amputado de la historia del periodismo, en la que ocupa un lugar central

ANNA MARÍA IGLESIA.

 

  • Maria Parente y Roberto Carlos Mirás
Maria Parente y Roberto Carlos Mirás. Autora: Sole Morais Vicente