Manuel Guisande

Manuel Guisande

Yo soy un héroe, sí, lo soy; y no me importa que el Gobierno no me dé una medalla, ni que nadie me felicite, ni que salga en los periódicos ni en las teles… soy un héroe, y lo más importante, soy un héroe para mí, que eso es lo importante. ¿Y cuando descubrí que era un héroe? Pues ayer, a las 20.40 horas, ni un minuto más ni un minuto menos.

¿Y que hice?, pues lo que no hace nadie; es más, estoy pensando que si esto no lo ha hecho nadie no soy un héroe, soy un superhéroe, ¡¡¡genial!!!!. Pues eso ¿qué hice?, ¿salvar a alguien de un atropello?, bo, una vulgaridad, como si le pasa un trailer de 24 ejes; rescatar una ancianita atrapada en un incendio… voy yo a caer tan bajo, como si la gasean; cuidar a un niño… venga hombre, para eso tiene una madre, un padre, un abuelo, una abuela… yo que sé, bueno sí sé, yo… no

Que qué hice… que qué hice, pues que iba a hacer… pues una heroicidad, algo único. Pues mira, ayer a la 20.30 yo era un ser insípido, vulgar, mediocre, hasta diría que frío como un cadáver y aséptico como un quirófano; pero a las 20.40… a las 20.40 todo cambio, absolutamente todo.

Pues a las 20.30, diez minutos antes del éxtasis, fui a la nevera, cogí un huevo, luego una tartera, la llené de agua, la puse al fuego y cuando el H20 hervía a ritmo de blug blug blug, puse el huevo. Esperé unos 5 minutos, lo saqué del agua, lo puse en un plato y… y aquí amigos, vino lo que me ha convertido en un héroe, en un pionero, en algo en algo único, en, en, en… ¿en un icono?, pues en un icono también, ya puestos…

Iba hacer lo que hacía siempre; cogerlo, pasarlo por agua fría porque estaba supercaliente y darle unos toques contra la encimera y pelarlo… cuando no, cuando una visión cósmica me hizo ver la realidad y como bajando del cielo escuché una voz de ultratumba que me decía: «Guisandeeeee, no lo peeellleeessss, Guisandeeeee, no lo peeellleeessss, tú eres un hééérrroeeeeeee…».

Y entonces sucedió; como hipnotizado, como narcotizado, como si estuviera en otra dimensión, puse el huevo en el plato y me dije: «lo voy a pelar con cuchillo y tenedor». No me digas cómo, pero lo puse justo en el centro del plato, pero justito… lo miré y analicé la situación. Pincharlo con el tenedor… no que resbala y se escapa; levantar el cuchillo y a lo samurai arrearle un corte de carallo de arriba abajo y partirlo a la mitad… no, que soy gallego y no japonés. Mirarlo y remirarlo hasta que mentalmente se rompa… tampoco, que meiga «habelas hainas», pero tan así, como que no.

Entonces, con una suavidad pasmosa cogí un tenedor, le pegué unos golpecitos suaves hasta que se cuarteó. Luego, cogí un cuchillo y, fíjate lo que es esto de ser héroe, de pasar a los anales de la Historia (que hay que estar en todos los detalles), que en vez de un cuchillo puntiagudo, lo cogí de punta Roma, para formar parte de los clásicos, de los semidioses, y me puse a pelarlo.

De verdad que no te puedes imaginar lo que fueron esos 10 minutos que tardé, separando con el cuchillo y el tenedor la cáscara; con una tranquilidad, un placer sabiendo que estaba formando parte de la Historia. Y cuando finalmente separé las cáscaras, lo corté en rodajas, y lo comí… fue una sensación, pero una sensación tal que iba a levantarme cuando nuevamente una voz: «Guisandeeeee, lo haaassss conseguidooooo eres un héééérooooeeeeeeee…». De verdad, no podía más, tenía que contároslo, tenía que contároslo, fue tan tan… buf…

 

Manuel Guisande

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