Matías Ortega Carmona

Matías Ortega Carmona

Uxía es una niña alegre y muy inteligente. Sus ojos azules han tomado el color de ese mar gallego que la vio nacer y que ha sido compañero inseparable durante sus pocos años de vida. Preocupada por el entorno antes, incluso, de poder darse cuenta de ello, ama a su tierra gallega de tal forma que no sabría vivir lejos de ella. A pesar de ser una niña es conocida y respetada por su amor a la naturaleza, siendo un ejemplo para los adultos que no siempre nos comportamos como es debido.

Ella es una niña muy especial y tiene un gran secreto que ni siquiera sus padres conocen. Su cariño por el mar y sus habitantes no había pasado desapercibido para estos, que un día pidieron a la Reina de las Sirenas que nombrase princesa a Uxía. Querían, así, agradecerle a la pequeña sus desvelos por el mundo marino y demostrarle que ellos también la querían mucho. La Reina de las Sirenas, Libertad (así se llamaba), venía observando desde hacía mucho tiempo el comportamiento de Uxía.

Veía con agrado como la niña, cuando jugaba en la ría, se cuidaba muy mucho de no ensuciar y además acostumbraba a limpiar lo que otras personas desaprensivas, casi siempre adultos, dejaban tirado en cualquier sitio.

Otra de sus ocupaciones era salvar a pequeños peces y otros animales marinos que quedaban atrapados en las pozas de las rocas al bajar la marea. Ella los cogía y los devolvía al mar para que siguieran viviendo.

Por todo ello, Libertad, La Reina de las Sirenas, estuvo encantada de nombrar Princesa del Mar a la pequeña, dotándola además de grandes poderes, jamás concedidos a humano alguno.

A partir de esa fecha, Uxía podía respirar y vivir bajo el agua como cualquier pez y como las sirenas. Ella, con el consejo que formaban los animales marinos más sabios, sería la encargada de velar por el orden y la convivencia en aquella ría. Para que ni tan siquiera sus padres descubrieran su secreto, la Sirena Reina realizó un encantamiento y cuando nuestra amiga estaba en el mar sus progenitores creían verla acostada en su cama.

Uxía se rodeó de un eficiente equipo de colaboradores: Brazos, un gran pulpo de largos tentáculos, Pindo, un simpático delfín, y Xallas, una orca que, como su amigo Pindo, un día entró en la ría y enamorada de su belleza ya nunca más quiso abandonarla.

Durante muchos años aquella ría y la pequeña cala de Lourido, cerca de la cual estaba la casa en que vivía Uxía con sus padres y su pequeña hermana, había sido un entorno privilegiado. El lugar era bellísimo y sus habitantes lo cuidaban. Con el tiempo fueron llegando los visitantes y muchos de ellos en vez de disfrutar de la belleza de aquel paraje, lo ensuciaban y estropeaban. Como las malas costumbres enseguida se contagian, algunos habitantes del lugar hacían lo mismo. Todo esto preocupaba mucho a Uxía y sus amigos.

Decidieron que había que hacer algo para solucionarlo y la niña convenció a sus compañeros del colegio, formando grupos que los sábados se dedicaban a hacer la limpieza de la costa. Mientras Brazos, Pindo y Xallas organizaron, con los habitantes del mar, unas brigadas de limpieza marina. En las aldeas, los adultos, avergonzados viendo el esfuerzo de los niños, decidieron ayudar y poco a poco la ría fue recuperando su mejor cara.

Uxía pasaba todo el tiempo que le dejaban libre sus estudios, sabía que era muy importante llevarlos bien, dedicada a sus funciones de Princesa del Mar. Algunas noches, mientras sus padres sonreían al verla dormir plácidamente, ella en realidad estaba reunida con el Consejo de Sabios Marinos, analizando los problemas que les afectaban.

imagen 4La vida de Uxía transcurría feliz, sus padres la adoraban y era muy querida por todos los que la conocían. Compartía con los demás niños la amistad de Brazos, Pindo y Xallas. Estos exhibían sus habilidades deleitando a la chiquillería y vigilando sus baños para que no les sucediese nada. En alguna ocasión Brazos había rescatado con sus tentáculos a algún osado niño que era sorprendido por la marea y no podía volver a la playa. El pulpo lo cogía y lo depositaba a lomos de sus compañeros que, diligentemente, lo devolvía a la misma.

Xallas, la preciosa orca, era la encargada de que ningún animal peligroso se acercase al lugar donde se bañaban y jugaban los niños. Para deleite de estos, Xallas y Pindo les obsequiaban realizando múltiples saltos y piruetas que eran un espectáculo con el que se divertían mucho. Aparte de los juegos, los tres amigos marinos realizaban labores de vigilancia, siendo acompañados a menudo en las mismas por Uxía. Ésta, sujeta a la aleta de Pindo o sentada a lomos de Xallas, recorría la ría observando todo lo que pasaba en ella.

Uxía había debatido con el Consejo de Sabios Marinos la necesidad de los humanos de pescar y estos entendían sus argumentos, siempre que los pescadores respetasen los ciclos de la naturaleza, usando las artes adecuadas y no realizando más capturas de las necesarias. Se dispuso que los tres principales colaboradores de Uxía, es decir, Xallas, Brazos y Pindo fueran los encargados de hacer que las normas se cumpliesen. Así, cuando algún barco se dirigía a pescar en zonas consideradas protegidas, era Xallas quien con su enorme presencia los disuadía de seguir en su intento, con la amenaza de embestirlo y hacerlo zozobrar.

Mientras, Pindo, ayudado por Martín, el capitán de los peces espada, inspeccionaba las redes y si éstas no cumplían con las medidas legales, Martín y los suyos las cortaban, quedando los infractores sin ellas. Brazos y otros pulpos gigantes eran los encargados de controlar a los submarinistas, los cuales poco a poco decidieron cambiar el fúsil por cámaras acuáticas y llevarse imágenes de la vida en el mar en lugar de perseguir a sus habitantes.

Tal como había sucedido con la limpieza, el control de la pesca parecía asegurado. No contaban Uxía y sus amigos con que la maldad de los hombres se reinventa día a día y pronto tuvieron oportunidad de comprobarlo.

Uno de los políticos importantes de la ría, Monchito, tras engañar a los ciudadanos con falsas promesas, se dedicó a promover la especulación inmobiliaria y, mientras él se iba enriqueciendo, los ataques al medio ambiente y la degradación de la naturaleza crecían constantemente. Aparecieron también tres amigotes de este personaje llamados Paco, Mariano y Pepote que montaron una gran fábrica con la promesa de ofrecer muchos puestos de trabajo y prosperidad para los lugareños. Las promesas, como casi siempre sucede, quedaron sólo en eso. La fábrica sólo trajo prosperidad para sus dueños, que se enriquecían a cambio de contaminar las aguas del mar con vertidos de chapapote y el aire y  los cultivos con los gases que emitía. En cuanto a los puestos de trabajo, estos no eran tantos como se habían anunciado y además las condiciones laborales eran tan precarias que los trabajadores eran despedidos a la primera queja.

Los habitantes de la ría dejaron ver su malestar con multitudinarias manifestaciones. De otras partes del país vinieron gentes que se sumaron a la protesta y ofrecieron su ayuda para que aquel lugar recobrase su primitiva belleza.

Los cuatro siniestros personajes seguían ignorando el malestar vecinal y demonizando a todo aquel que no estuviese de acuerdo con ellos. Mientras la situación iba empeorando día  a día, hacían ostentación de su riqueza. Paseaban por la Ría en su lujoso yate llamado “La Gaviota”, en el que organizaban fiestas a las que sólo invitaban a aquellos que estaban dispuestos a adularlos. Uxía pensó que había llegado el momento de tomar medidas y convocó una reunión urgente con el Consejo de sabios Marinos. Tenían que dar una lección a aquellos desaprensivos y demostrarles que, aunque ellos así pareciesen creerlo, no eran los dueños de aquella ría y que debían respetarla, a ella y a sus habitantes. Uxía y sus amigos decidieron un castigo ejemplar que tendría lugar el mismo día que aquellos facinerosos  habían elegido para celebrar una gran fiesta. En esa fiesta iban a celebrar lo que ellos consideraban sus éxitos y además brindar por un futuro en el que seguirían desarrollando sus malévolas actividades.

Por fin llegó el día; en el puerto el yate Gaviota lucía sus mejores galas. Al mismo, luciendo en la boca su mejor sonrisa, subieron Monchito y su séquito. El paseo por la ría debía acabar en una gran fiesta para celebrar lo que ellos consideraban un espléndido futuro. No contaban con que los más humildes se rebelasen y aquellos a los que nunca habían tenido en cuenta les iban a demostrar su fuerza. Cuando el yate se encontraba en la parte en que el mar  tenía más profundidad apareció Xallas.

Ésta había reclamado la ayuda de otras orcas, las cuales no dudaron en acudir a su llamada para realizar la tarea asignada. Entre todas embistieron el yate y el Gaviota, que algunos creían indestructible, se hundió en pocos instantes.

Al momento aparecieron un grupo de delfines, capitaneados por Pindo, que ayudaron a los marineros de la embarcación a llegar rápidamente a la orilla y ponerse así a salvo. Brazos, con otros pulpos gigantes, se encargó de apresar a los malignos, político y empresarios, y al resto de secuaces que les ayudaban en sus actividades. Atrapados en los tentáculos, estos personajes fueron trasladados a una cueva marina a la espera de ser llevados ante el Consejo. Después, todos los peces unidos, grandes, medianos y pequeños, levantaban una gran pancarta que pasearon por la ría. En ella, todos los habitantes y los que estaban allí de paso pudieron  leer “Estamos aquí y nos necesitáis, por eso debéis respetarnos”.

En el fondo del mar nunca había habido tanta expectación, sus habitantes estaban congregados esperando que la reunión del Consejo Marino empezase. En esta ocasión se contaba con la asistencia de la Reina de las Sirenas la cual sólo acudía en casos muy especiales y, éste, era uno de ellos. No podía faltar, desde luego, Uxía, en quien, la Reina, había delegado toda su autoridad, reconociendo así su buena labor (evidentemente, como cada noche, los padres de la niña seguían viéndola dormida en su cama).

Nuestra amiga, después de que el presidente del Consejo Marino abriese la sesión, hizo la siguiente propuesta:

Pedir a la Reina de las Sirenas que realizase un encantamiento mediante el cual aquellos malvados, a los que estaban juzgando, adaptasen su sistema respiratorio al de los peces. Con ello se evitaría que pudiesen huir del mar. Además, a partir de ese momento, estarían obligados a limpiar el fondo marino y las costas de todos aquellos vertidos que, ellos y otros indeseables, habían arrojado. Sólo cuando la ría se hubiese regenerado y los cautivos hubiesen mostrado su arrepentimiento, sería posible revisar su causa, devolviéndoles la libertad y su condición humana.

La propuesta fue aprobada por aclamación y desde entonces aquellos que no supieron respetar el mar y su entorno purgan su daño bajo las aguas.

Entre los habitantes de la ría se celebró la desaparición de esas gentes poco queridas y sobre la misma se contaban las más variadas historias. Hubo una reunión en la que los adultos proponían derribar la fábrica, pero también aquí Uxía, apoyada por el resto de los niños, propuso que la fábrica fuese convertida en El Museo del Mar y la Naturaleza para que sus visitantes  aprendiesen a conocer y respetar el entorno.

Hoy en día la ría ha recuperado su belleza y ha sido declarada un área protegida. Uxía es ya una bella mujer que ha conseguido terminar su carrera de bióloga marina y vive dedicada a ese mundo del mar tan querido para ella. Sigue siendo la Princesa del Mar y desde las rocas, muchas noches, hace sonar su caracola para que sus amigos Xallas, Pindo y Brazos vengan a recogerla y recorrer con ellos la ría. Sus padres, entretanto, siguen dándole todo su amor y sonriéndole cuando la ven plácidamente dormida.

Cuento dedicado a una joven amiga que, como la protagonista, profesa un gran cariño hacia los animales marinos, especialmente a las orcas. La historia expresa, también, un deseo por mi parte, el de que esas espléndidas rías gallegas tan maltratadas, a veces, reciban el cuidado y la atención que merecen.

Matías Ortega Carmona

http://matiasortegacarmona.blogspot.com.es/