Roberto Carlos Mirás Mirás

Roberto Carlos Mirás Mirás

J.C. Ruiz Franco es Licenciado y DEA en Filosofía, y cuenta con posgrados en Sociología y Nutrición Deportiva. Desde muy jovencito, como demuestra en esta charla que ofrecemos a ustedes, sintió pasión por el conocimiento, siempre ligado a esa palabra que se llamó “sabiduría”. ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Qué elementos tenemos para llegar a ese sentido? Primero lo hizo como lector y luego añadiría el hecho de ser escritor y traductor. Comenzó escribiendo sobre drogas inteligentes, tema y título de su primer libro, y poco a poco fue adentrándose en el ámbito de las drogas en general. Prefiere hacer una cosa, desarrollarla y hacerla bien… Es coautor de Pioneros de la coca y de la cocaína, además de haber escrito númerosos artículos, labor que sigue efectuando. Y ahora, tras bastante tiempo de recopilación y trabajo, ha presentado el libro: Albert Hofmann. Vida y Legado de un químico humanista. Dado el interés y el trabajo realizado, presentaremos a ustedes esta conversación en dos bloques.

 

– Se suele decir que “sin conocimiento no hay sabiduría”. Como autor, y al elaborar esta biografía, ¿qué te ha aportado a usted y qué cree que aportará a tus lectores?

Cuando era muy joven y aún no sabía que iba a dedicarme al mundo de los libros (escribir y traducir), solía oír aquello de que “un escritor es siempre un buen lector”, y aunque me daba cuenta de que la frase tenía sentido, no lograba captar todo lo que encierra. Años después, cuando uno ya está metido en este ámbito, es cuando sabe por qué se dice, o se decía, eso.

¿Nos encontramos con dos escritores?

Por un lado está el escritor profesional, normalmente novelista, que vive por completo de esta actividad (algo, por otra parte, realmente complicado en un país en el que no se lee demasiado y en el que se vende aún menos), y que comienza a escribir un libro de manera más o menos automática, va construyendo un argumento, crea unos personajes, les da forma, los relaciona, suceden cosas, la historia llega a su fin, da a todo el conjunto forma literaria y crea una obra. Por supuesto, necesita inspiración, modelos en los que basarse, documentación para desarrollar el argumento, etc.

¿Y por otro lado os encontráis los escritores…?

Por otro lado estamos los escritores no profesionales, que somos la mayoría, que tenemos nuestro trabajo y como afición y ocupación complementaria escribimos o traducimos. Dentro de ellos están los que se dedican a la narrativa, que actúan de la forma que lo hacen los profesionales que he descrito, pero en sus ratos libres y no viven de escribir; y luego estamos los que nos dedicamos, no a crear historias, sino que en virtud de nuestro trabajo o aficiones, leemos sobre ciertos temas, después pasamos a estudiarlos con más rigor; reunimos una amplia bibliografía en torno a un aspecto concreto, menos amplio, que nos llama la atención, lo investigamos… Y llega un momento en que nos damos cuenta de que merece la pena escribir un libro a partir de todo ese estudio, ya sea porque hemos hallado algo nuevo, o bien queremos aportar un nuevo enfoque, deseamos divulgar al público general algo que hasta entonces estaba reservado a los especialistas, etc.

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¿En tu trabajo Albert Hofmann. Vida y Legado de un químico humanista, publicado por la editorial La Liebre de Marzo, nos encontramos con pasión, rigor y entusiasmo?

Así es… Y de ahí toma el sentido ese dicho que he mencionado al principio, de que “un escritor es siempre un buen lector”. En mi caso particular, cuando me apasiona un tema, me voy adentrando lentamente en él, documentándome cada vez más, aprendiendo (que es mi principal objetivo)… y llega el momento en que me doy cuenta de que escribir sobre todo lo aprendido, a base de reunir muchas fuentes (normalmente de idiomas distintos al nuestro), integrarlas, buscar la relación subyacente a tantos datos y aportar mi propia perspectiva, y/o hechos desconocidos hasta entonces, me ayuda a saber más. Y eso se debe no sólo a que escribir ayuda a poner las ideas en orden, sino también porque incentiva a seguir estudiando, buscando.

– ¿Un mundo lleno de preguntas constantes?

Sí, muchas preguntas… Al ir avanzando surge una pregunta no resuelta, la contesto; surge otra, la contesto; otra más que me obliga a profundizar, y así sucesivamente. Esa es mi manera de proceder con todo lo que escribo. Como bien dice la pregunta, al ir aumentando los conocimientos, uno se va convirtiendo poco a poco en un experto en un tema determinado. Pero en numerosas ocasiones el tema es tan amplio o tan profundo que nunca se logra saber lo suficiente, y en esos casos la sabiduría es el objetivo final al que nos vamos acercando, siendo conscientes de que nunca lo alcanzaremos del todo porque el mismo asunto tratado lo impide. Es lo que sucede, por ejemplo, con todas las grandes cuestiones de la filosofía; y también en las disciplinas teóricas que plantean preguntas importantes, generales, sobre el ser humano, el universo, la naturaleza y cosas similares.

– Pero, entonces, ¿qué supuso elaborar esta biografía que tenemos en nuestras manos y que ya se encuentra en las librerías españolas?

Aplicando todo lo dicho a la pregunta formulada: elaborar esta biografía supuso tener que ampliar la información sobre Hofmann que tenía al principio; llegar a un libro, recoger información, tomar nota de las referencias o fuentes de donde sus autores tomaron la información; llegar a esos otros libros y hacer lo mismo; y así sucesivamente. Y además de esto, consultar y recopilar los datos más importantes de las fuentes primarias (en este caso, las escritas por el biografiado y por quienes le conocieron directamente y escribieron sobre él), que deben ser la base bibliográfica de toda investigación, además de testimonios orales de personas que también le conocieron.

– ¿Hablas de un proceso? O eso parece al leer sus páginas. ¿Y al mismo tiempo te ha dado la oportunidad de conocer mejor a Hofmann?

¡Claro! Gracias a todo ese proceso he conocido a un Hofmann que no sólo fue el descubridor de la LSD, sino a una persona muy ambiciosa en lo relativo al conocimiento, muy inquieta en este sentido, que nunca se negó a adentrarse en ámbitos desconocidos en los que pudiera hacer alguna aportación original, y que de hecho lo logró en varios de ellos. He conocido a un Hofmann que, si no hubiese descubierto la LSD, se habría dedicado por completo a una investigación farmacológica más convencional, pero en la que sin duda habría obtenido más medicamentos útiles para numerosas dolencias, lo cual le habría hecho famoso en ese otro campo y con toda seguridad habría recibido el Premio Nobel. Pero este camino habría conllevado no ser conocido por el gran público a través de sus investigaciones con sustancias psicoactivas. Y seguramente el transcurso de la historia sociocultural a partir de comienzos de los sesenta habría sido distinto, ya que sin LSD y sin haberse descubierto el principio activo de los hongos mágicos mexicanos, la psilocibina, la revolución cultural de la década más movida del siglo XX no habría tenido uno de sus baluartes, e indudablemente habría sido menos importante.

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– Hilándolo con tus respuestas anteriores y pasando una a una las páginas: ¿has conocido a un filósofo de carácter aficionado?

(Sonríe) He conocido también a un filósofo, ciertamente de carácter aficionado, porque en su vida no tuvo tiempo suficiente para leer todo lo necesario a fin de tener una base sólida de conocimientos; pero que, incluso así (lo que supone un mérito mayor aún), mostró un pensamiento original. En concreto, su teoría del emisor-receptor es muy interesante, y mucho más si integramos plenamente lo que a ella aporta el consumo de psiquedélicos, un punto que he reconstruido yo mismo en mi libro explicándolo con términos sencillos pensando en el gran público.

– ¿Y a un Hofmann con grandes virtudes?

Además he conocido al Hofmann persona, con grandes virtudes, pero también con características muy humanas, en el sentido amplio, que se dejan entrever en algunos momentos. Hay también rumores sobre algunos supuestos defectos en su temperamento, pero en mi libro los he omitido por no estar documentados ni respaldados por el testimonio de alguna persona cercana a él.

– Entonces, ¿a qué conclusiones has llegado sobre el Hofmann que conocerán quienes lean el libro?

Ese es el Hofmann que he conocido gracias a mi estudio, del que antes sólo sabía cosas generales, además de haber leído su libro “Historia del LSD”. Y ese es el Hofmann que pueden conocer los lectores con mi libro, para que el público español por fin tenga una visión adecuada del descubridor de la LSD y de otros fármacos; una visión no mediatizada por lo que suelen contarnos los medios de comunicación, que casi siempre que hablan sobre drogas adoptan la postura oficial (considerar a “la droga”, en general, como algo diabólico, y presentar sólo la marginalidad en la que, según esa versión, caerá todo el mundo que se atreva a probarla). Publicar un libro sobre un señor que descubrió una droga que se considera peligrosa (LSD), que logró extraer el principio activo de unos hongos que sonaban a leyenda (psilocibina), pero que también se consideran peligrosos actualmente, que investigó alguna otra sustancia, y que a la vez fue un excelente químico-farmacólogo que aportó a la humanidad varios medicamentos que han mejorado el nivel de vida de millones de personas es sin duda algo revolucionario, porque tira por tierra todos los tópicos relacionados con este ámbito. Ese es precisamente uno de los caminos que debemos tomar los partidarios de acabar con el vigente prohibicionismo: mostrar que el consumo de sustancias psicoactivas es algo normal, que hacen personas normales, y que también hacen, e incluso las investigan, sabios como el protagonista de nuestra historia.

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– ¿Y al mismo tiempo esperas…?

Además de haber aumentado mi conocimiento sobre este verdadero sabio, y de querer compartirlo con los lectores que ya tenían noticia de él por estar próximos al mundo de la psiconáutica, espero llegar a otros a quienes mi libro ayude a eliminar algún prejuicio, o tal vez muchos.

– ¿Albert Hofmann. Vida y Legado de un químico humanista? ¿O historia de un movimiento denominado LSD?

Las dos cosas, porque el libro es tanto la biografía de Albert Hofmann como la historia de la LSD desde que se manifestó al mundo a través de sus manos, hasta su prohibición, después de los alocados, pero fundamentales, años sesenta.

– ¿Existe un antes y un después en la vida y en la obra de Albert Hofmann?

Sí, por supuesto. Como es lógico, ese punto de inflexión fue el descubrimiento de la LSD en 1943, aunque ni en ese momento, ni en los años inmediatamente posteriores (hasta el final de esa década), fuera consciente de todo lo que ese hallazgo iba a representar. En pocos años, de brillante químico pasó a ser el líder de una nueva tendencia en farmacología, al aportar un fármaco útil para la psicoterapia práctica, la que se hace en las consultas, y para la investigación sobre los trastornos mentales. Tenía por delante un excelente futuro como pionero que había sido, al haber hecho el descubrimiento clave y haber señalado las direcciones que debía tomar la aplicación de su fármaco.

– Una biografía en donde de una manera detallada hablas de una “inflexión en la vida de Albert Hofmann…”

Sí, y tuvo otro punto de inflexión en su vida, éste ya no fue deseado. Después de la popularización que comenzó a principios de los sesenta, en la que jugó un papel protagonista Timothy Leary, la LSD se convirtió en una droga de masas. Del laboratorio y de las consultas salió a la calle, y debido al eterno gusto de los políticos por manipular, al también permanente deseo de la prensa por vender titulares sensacionalistas e incluso alarmistas, en un afán de mostrarse como informadores de los males que nos acechan; y aprovechando esos dos gremios el mal uso o abuso –por parte de algunos sectores– de la LSD y de otras sustancias asociadas al movimiento hippie, lograron convencer a la mayoría de la población de que se encontraban ante un enorme problema que se debía atajar. Y se atajó prohibiendo la LSD, hecho que constituye el otro cambio en la vida y la obra de Hofmann. Pero ya nos hemos extendido demasiado en este punto, y el lector interesado puede leerlo en mi libro.

– ¿Podemos hablar de la LSD como una droga inteligente?

Desde luego, no en el sentido de una sustancia con la que se pueda aumentar de forma inmediata el rendimiento intelectual, que permita asimilar mejor los conocimientos o rendir más. Pero sí en el sentido de que, bajo sus efectos, quien tiene ciertas cualidades –como por ejemplo un buen pintor–, o bien quien esté reflexionando sobre algún asunto importante de su vida o sobre algún tema que esté estudiando, puede aprovechar sus efectos. Un pintor, por ejemplo, verá en su mente colores, paisajes, figuras, formas, que probablemente nunca habría concebido sin su uso. Es decir, le serviría de inspiración para que después, una vez esté sobrio, pueda plasmar eso que ha contemplado. Lo mismo podría decirse de un novelista en busca de una historia original. Por supuesto, estamos hablando de usuarios expertos, que saben dirigir en cierto modo la experiencia a la vez que se dejan llevar por ella, ya que el deseo de querer controlarla puede causar un mal viaje.

– ¿Hablamos de una primera experiencia más intensa y de que, en la última fase, la experiencia con LSD no es tan abrumadora?

Así es. Durante la última fase de los efectos, la experiencia no es tan abrumadora, es más controlable, y el sujeto puede aprovechar para plantearse ciertas cuestiones, tanto personales como relacionadas con algunas disciplinas de conocimiento, y gracias a la LSD encontrar nuevas respuestas, nuevas perspectivas desde las que abordar asuntos que le interesan. Si se me permite el ejemplo, añadiré que precisamente mediante este procedimiento pude concluir el capítulo dedicado a la filosofía de Hofmann; gracias a las nuevas asociaciones de ideas que su droga me permitió concebir, en un punto en el que me había atascado y no se me ocurría cómo plantear adecuadamente ese tema a cualquier lector con un nivel cultural medio.

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– Al abordar las páginas de tu biografía, vemos diversos nombres, acontecimientos, movimientos sociales… ¿Había en ese momento un interés, una época, unos adelantados a su tiempo, o es que ahora hemos perdido esa curiosidad?

Por un lado, debemos tener en cuenta que cuando se hace historia del pasado se destacan las personas que ejercieron más influencia; y en cambio, cuando estamos viviendo el presente aún no somos del todo capaces de elegir a los que después se dirá que fueron los protagonistas de nuestra época. Pero, por supuesto, cuando aproximadamente en 2050 se hable de los primeros años de este siglo, los historiadores ya habrán seleccionado a los personajes famosos de la actualidad, tarea que se inicia recurriendo a las hemerotecas (actualmente digitales y accesibles por Internet). Así que hay que tener en cuenta eso en primer lugar, que es una regla que se puede aplicar a toda la historia. Es la típica pregunta: “¿Y cómo contarán los historiadores la época que estamos viviendo ahora?”.

– Pero, ¿hay épocas clave…?

Pero sí que es cierto que hay determinados momentos que son clave en el devenir de la humanidad, porque constituyen lo que antes he llamado “puntos de inflexión”, ahora aplicados a toda la especie humana, no sólo a un individuo. Y aquellos que destacan pasan a ser personajes históricos, verdaderos sujetos de la historia, dignos de ser recordados. Si los examinamos, casi siempre suelen ser personas que proponen algo nuevo, original. Es decir, si hay que señalar una propiedad que defina a las personas, grupos, hechos… que quedan reflejados en los libros de historia, esa es la originalidad. Después pueden triunfar o quedarse sólo a medias (por supuesto, los que son derrotados claramente, ya sea por un enemigo, por las circunstancias o por ellos mismos, no suelen pasar a la historia; o bien lo hacen encarnando la figura del eterno perdedor), pero es la originalidad lo que les define.

– (A lo que nuestro autor añade)

Y volviendo a nuestro tema, los años sesenta se caracterizaron precisamente por la originalidad, por la aparición de personas, grupos, tendencias… que se caracterizaron por ser nuevos y, sobre todo, novedosos, que no es lo mismo. Timothy Leary es un buen ejemplo de lo que estoy explicando, y lo más importante para nosotros es que fue “el apóstol de la LSD”.

 

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