Drusila

Drusila

Willy Alfred marchó a la l Guerra Mundial apenas cumplidos los dieciocho años.
Era alemán, había recibido una educación impecable, conocía de óperas, poetas, pintores, había escalado montañas en busca del edelweis, pero, despojado de todo, era una sombra más en la larga fila de soldados penetrando en Rusia.

Pocas cosas ocupaban su mente, el frío, el hambre, el frío, los piojos que lo devoraban, el frío,los oficiales superiores que gozaban de buena comida y bebida, el frío,la pequeña pistola con una sola bala en su bota por si lo atrapaban o quedaba abandonado mal herido, el frío.

Y los cosacos, fantasmas galopando veloces durante las oscuras noches, al grito de ¡Urri Urri!, blandiendo sables para decapitar, irrumpiendo como rayos letales, dejando unos cuantos muertos, y desapareciendo antes de que los soldados pudieran reaccionar.
Willy admiraba a los cosacos, sus bailes, sus canciones, a pesar de todo, jamás dejo de admirarlos.

Luego las trincheras, barro helado, el frío permitía que se fabriquen cuchillos con las heces congeladas. Las luchas cuerpo a cuerpo, la visión de sus compañeros caminando erráticamente con vientres abiertos, intestinos colgando. Visiones y sonidos infernales.

Al terminar la guerra Willy recibió la Cruz de Hierro, la tiró al Rin. Con desprecio y pena.

Alemania estaba quebrada, harto, decidió emigrar. Se había enamorado de una joven alegre, Johana, tan o más culta que el, una joven a la que solo le interesaba la música, la lectura, los paseos por el bosque. Le pidió que lo esperara, el encontraría un buen sitio donde vivir en paz.

Un tiempo estuvo en España, aprendió un poco del idioma, lo suficiente para desenvolverse.
Le hablaron de un país maravilloso, lleno de oportunidades, donde no había guerras.
Viajo a Argentina, a fines de la década del veinte desembarcó en Buenos Aires.
No pasó mucho hasta que entendió como era ese nuevo país, lacónicamente informó Johana en una de las cientos de cartas enviadas ” este país es de ladrones y prostitutas”.

Sin embargo, en Alemania se estaba preparando un horror mayor, su joven novia también navego hacia Argentina, y ambos acordaron quedarse unos pocos años, hasta que en Europa las tensiones cesen. Ambos eran socialistas, Alemania era peligrosa.

Estalló la Segunda Guerra Mundial justo cuando ya tenían el pasaje de retorno, habían tenido una hija, Annelise, pero no se habían adaptado a Buenos Aires, Willy apenas si se molestó en agregar un par de palabras a su escaso vocabulario.
Johanna suspiraba por su Dresden, ciudad de Operas, Museos, bellos paseos, arte y literatura.
La guerra estaba llegando a su fin, y Johana se entero que Dresden había sido destruida, sus edificios de Opera, sus Museos, sus puentes, sus parques, iglesias centenarias, todo, destruido. Dresden era Ciudad abierta, años después eso se declaró crimen de guerra.

Willy y Johana no tenían donde regresar, el hermano de Johana murió gracias al fósforo liquido derramado en la ciudad, la mayor parte de la familia desaparecida, el padre de Johana murió de tristeza, irónicamente había pasado el Nazismo de milagro, escondido en sótanos de amigos, por ser de izquierda.

Las pocas pero puntuales cartas que recibían de su tierra llegaban abiertas, y con párrafos enteros censurados, más de una tachada de principio a fin con espesas líneas negras. Johana empezó a odiar al comunismo, al fascismo, y al populismo.
En Buenos Aires, y por ser alemanes los agredían llamándolos nazis, imposible mas batallas para Willy, y menos batallar contra la ignorancia. Los cosacos con sus ataques en la oscuridad eran más confiables.

Perón declara la guerra al Tercer Reich, cuando estaba en franca caída, el 27 de marzo de 1945, ( Alemania se rindió el 7de mayo de ese año) se cerraron escuelas y círculos alemanes en Buenos Aires, y los ciudadanos de ese país debían presentarse periódicamente en las comisarías.
Salvo los jerarcas Nazis que fueron muy bien recibidos, como Eichmann, en realidad en toda América recibieron con brazos abiertos a esos personajes.

Los alemanes comunes, aquellos que no habían participado ni decidido guerra alguna, fueron maltratados, insultados y acusados de una postura política que no solo ellos mismos detestaban, si no de la cual habían huido.

Se volvieron misántropos, el matrimonio que había sido tan romántico, con epopeyas y largos viajes, se arruinó para siempre, Willy se encerró en si mismo, Johanna solo amaba a los animales.

Sin embargo a ella le empezó a gustar el tango, el folclore, todo lo que no tuviera que ver con la Ciudad, dejaron de ser Willy y Johanna, pasaron a llamarse Don Guillermo y Doña Juana.
Si, quizá, en vez de arraigar involuntariamente en Buenos Aires se hubieran asentado en Neuquén, Mendoza, o hasta la misma Tierra del Fuego, quizá, pero el sentido de las cosas se entiende, lamentablemente cuando el destino esta extendido de principio a fin.

Su hija les dio una nieta, de muy pequeña Willy le contaba sobre la guerra, los intestinos colgando, los cuchillos de materia fecal congelada, Johanna le hablaba de los bosques, de leyendas, canciones, de que si encontraba bichitos en la harina no se preocupara, eran proteínas. Cada uno tenía enormes historias para contarle, las trincheras uno, la Selva Negra la otra, los cosacos y su Hurry Hurry uno, el Oro del Rin la otra, un fusilamiento a un soldado por robar una gallina uno, nunca salir de noche en Walpurgis otra, el odio a Hitler uno, los Títulos Nobiliarios perdidos y un castillo con tierras expropiado la otra.

La nieta escribía con letra gótica, hablaba alemán, se peinaba con largas trenzas, asistía al eterno mutismo de Willy y el desdén de Johana por muchas cuestiones de Argentina, la niña fue criada casi como alemana, solo que Alemania jamás la reconocerá como una de ellos.

Ambos murieron ancianos en Argentina, Willy reposa en un cementerio de disidentes. Sus últimas palabras fueron para su nieta, a la cual pregunto si había terminado la guerra.
Las cenizas de Johana volvieron a Alemania llevadas por Anelisse, quien las arrojó sobre la tumba de Schiller, y el río Elba.

Este es un resumen casi telegráfico de esas dos vidas, hay más, mucho más.
Cuento la historia de Willy Alfred Menzel, y Johana Emil Greifenhagen,no se si porque merece ser contada o porque deseo, que de alguna manera, jamás mueran del todo.

Sonia Drusila Trovato Menzel