Castillo templario de Ponferrada

 

Todas las comunidades humanas, desde antiguo, han tratado de mantener una identidad colectiva. Dentro de este ámbito, en todos los casos, se han inspirado en relatos heroicos y gestas para aumentar su autoestima y su cohesión social.

En el proceso de expansión del Imperio Romano también se produjo esta formulación exagerada respecto a las conquistas y triunfos bélicos. Incluso, entre sus huestes en la Península Ibérica se incluían una serie de cronistas-historiadores, que trataban de levantar la moral general contando los acontecimientos de modo glorioso. Entre ellos los más renombrados y mejores redactores eran Plinio el Joven y el Viejo, Estrabón, Ptolomeo,…

En este aspecto, entre paréntesis, me viene a la memoria la narración del mito de “la covada” de los pueblos cántabros, a título de referir su espíritu indómito y hasta su salvajismo. Esta creencia partía por lo que nos han transmitido incidiendo en que, entre ciertas tribus de la zona montañosa del norte de España, la parturienta cedería su lugar de preferencia a su marido que recibía los cuidados y deferencias que ella se merecía. Se añadía para reafirmarse en la verosimilitud que el varón representaba los dolores del alumbramiento e imitaba en todos los detalles la enorme labor de “dar a luz” de la fémina correspondiente.

Otras notas destacadas se relacionaban con el hecho extendido- decían- entre las (Las Médulas) tribus astures de no rendirse jamás. Perdida la batalla, y una vez muertos sus caudillos, la mayoría de los guerreros desamparados se autoinflingía su propio sacrificio como castigo, es decir, se suicidaban antes de someterse a la esclavitud y apresamiento de los romanos. Muchas anécdotas se nos legaron y, entre otras, la del enfrentamiento en el “Monte Medulio” (por las referencias, tal vez situado en el área más agrestre de Sobrado y Oencia). Según se supone los moradores, sitiados, prefirieron unos matarse y otros autoinmolarse en una especie de “pira” funerararia solidaria.

Es posible que, de lo anterior, algo sea cierto. En la explotación aurífera de Las Médulas se utilizaron miles de trabajadores en calidad de esclavos. La importancia, extensión e importancia para el acuñamiento de moneda en Roma de esta macroobra de ingeniería, al objeto de satisfacer el salario de los soldados, podría constituirse en un indicio de que parte de lo narrado fuere real. Mínimamente, esta situación se asemejaría a la reproducida en la superficie conocida con el apelativo de “A Leitosa”, en la Somoza berciana.

Pero lo que más señala la desproporción entre lo acontecido y lo que ocurrió con objetividad es el tema que denominaré como “de las estacas”, reacción notoria contra la invasión musulmana o mora.

Verdaderamente, lo que se define como “invasión árabe” del territorio patrio fue más semejante a “un paseo militar” que a una “resistencia cristiana encarnizada“. En principio, la ocupación de “Al Ándalus” sucedió en una España dividida en múltiples “Reinos de Taifas”, algunos en ciertas contingencias colaboracionistas o antitéticos. Estos primarios ocupantes, llegados de tierras del Próximo Oriente, eran de religión islámica pero con una cultura, conocimientos y desarrollo superiores a los existentes en el Sur de España. Sin embargo, pronto nutrirían sus escuadras guerreras con tribus de bereberes ambulantes del desierto del norte de África, muy retrasadas en su evolución.

Por ello, su amplio periplo incluiría toda la Península, si bien con diferencias: mientras que se estabilizaron varios siglos a ambos márgenes- en sentido extensible- del Duero (como línea de confusión y contienda), apenas se internaron por los predios  bercianos mediante y durante dos o tres ocasiones o incursiones. Esta manera de actuar se hallaría en el seno de una táctica definida: efectuar “ratzias” de represión sin afán de continuidad, a fin de consolidar su primacía y dominio.

Lógicamente estos moros para nada tienen que asimilarse a los del “imaginario” colectivo: prácticamente invisibles, con ciertos poderes sobrenaturales, custidiadores de tesoros y, a veces, benefactores de los habitantes circundantes.

Aún así, dos pseudoleyendas se nos han transmitido respecto a los moros musulmanes. Además de las peripecias repobladoras del Conde Gatón, en dos lugares concretos se ubican confrontaciones magnificadas.

En A Veiga de Valcarce, en cuyo escudo-emblema figuran cinco estacas, se identifica esta heráldica con el levantamiento de los lugareños que rechazaron aportar su cuota a la entrega de las “Cien Doncellas”, en forma de tributo ofrecido al representante autorizado por el Califa o dirigente cuasidivino mahometano.

En el término de Toreno, así mismo, se adjudicó a los señores de la Villa el apelativo de “Buelta” o “Vuelta”, al haber puesto en huida despavorida a los moros y contenerlos con dureza y pertrechados con todas las armas artesanales de que disponían, precisamente en el puente sobre el río Sil que separa ambos barrios tradicionales del núcleo municipal.

La significada “literatura oral”, sin duda, ha ido más allá del estudio de sucesos puntuales. Los ha elevado al nivel de grandes hitos en la historia (a través de los juglares, de reuniones familiares y de aldea o, en tiempo más cercano, resurgiendo con los “cantares de ciegos”). Su valor y originalidad no es de despreciar, pues representan trazos de la intrahistoria, de reducida dimensión mas de relevancia en su universo muy restringido y peculiar.

Marcelino B. Taboada El Eco del Bierzo