Drusila

Drusila

 

Tengo el honor de entrevistar a don Higinio Martínez Estévez y antes que nada quiero agradecerle su tiempo y que comparta su sabiduría conmigo; esa sabiduría que intentado transmitir de la mejor manera posible a los lectores de creandotuprovincia.es 

 

 

¿Dónde nació?

En Buenos Aires, el 15 de abril de 1940. Baldomero, el abuelo materno quería que naciera el 14, el día de la República española y día de las Américas. Mi madre y yo le fallamos por cinco horas, y aparecí a las 5 de la madrugada en medio de una tormenta wagneriana.

 

¿De dónde eras sus padres?

Los dos eran de Santa María de Oia, en el Baixo Minho, al sur de Pontevedra. Mi padre vino en 1924 y mi madre, con toda su familia, en 1936, en vísperas de la guerra civil, con el dinero de un premio de lotería.

 

¿Cómo era su familia?

La materna vino junta, padre, madre, cuatro hijas y un hijo. El abuelo trabajó de práctico de farmacia, que había estudiado sin terminar. El resto mantenía una casa de pensión en el centro. Las pensiones, rarezas del pasado, hoy sólo viven en la literatura de Roberto Arlt o Marco Denevi.

Mi padre ancló en Buenos Aires, donde había tres hermanos mayores. Lo común hasta el siglo XIX y XX era que sólo se iban los varones. Las mujeres labraban y criaban la prole. Después se quebraron los moldes tradicionales.

Mis padres se conocieron aquí. En esos años era frecuente que los emigrados se juntasen en sociedades vecinales para imitar los lazos de origen. Fuerza centrípeta para compensar el tremendo cambio cultural y económico. El labrador y marinero desarraigado se hizo comerciante. La pastora, ama de casa de pequeña clase media.

 

¿Hablaban con usted en gallego durante su niñez?

No, los gallegos no la trasmitían. Oscilaban en un dilema cruel: promover la lengua de los afectos y condenar a los hijos a no progresar, o promover la lengua oficial en lugar de la lengua de los afectos para que se abrieran camino en la vida. No imaginaban el uso de dos lenguas porque sólo una tenía estatuto.

Una vuelta de tuerca de cinco siglos en la historia de la lengua de Galicia la redujo al hogar de labradores y marineros. Las clases letradas le fueron podadas y sustituidas. Aislada y fragmentada, recibió el hierro de la rusticidad.

Pero aunque no se trasmitía oralmente, ellos la usaban entre sí y así me llegaba por el oído. Camino largo que tardó mucho en florecer.

 

¿Cuándo y porqué viajó a Galicia por primera vez?

En enero de 1947, mi padre nos sorprendió con pasajes para el primer barco que partía para la península, el Highland Chieftain de la Armada Real Inglesa. Fuimos todos, padre, madre, mi hermano de año y medio y yo. Me veo en el atardecer del 5 de enero, víspera de Reyes, sentado en la cubierta sobre una balsa de popa, con todo el barco por delante, avanzando ya en medio de un Río de la Plata rojizo. Pasé ocho meses en un mundo insólitamente viejo y del todo nuevo para mí. Primera vivencia de campo, de mar y de montaña, solución de continuidad en la vida, un refundar que no frenó la identidad argentina y americana, sino que me agregó otra identidad, sin detrimento de ninguna.

 

¿Qué es la “identidad”?

Es un rol que se recibe, pero que hay que elegir. Hago un rodeo. Los seres humanos somos hermanos por origen filogenético y por parentesco; todos mestizos. Prejuicios tenaces se exorcizan haciendo cuentas. Tenemos 2 padres, 4 abuelos, 8 bisabuelos y 16 tatarabuelos, cuatro generaciones por siglo. Una progresión geométrica como la de la leyenda del origen del ajedrez. El homo sapiens sapiens tiene alrededor de 100.000 años de antigüedad. En mil años (un segundo en la historia) se llega a la inaudita suma de 17.592.186.044.416 antepasados. Pese a la supuesta explosión demográfica y al maltusianismo, hoy la tierra tiene 7.300.000.000 habitantes. Compárese. Aunque haya mucha endogamia, todos somos parientes.

Volvamos a la identidad. No se funda en la sangre. La pulsión que se disfraza con ella es la lengua, con la cultura que la lengua contiene. La lengua es la identidad objetiva, pero hay que asumirla subjetivamente. En pueblos con gran inmigración (América siempre y ahora Europa) hay muchos que rechazan la cultura en que habitan. Y todavía hay otras muchas posibilidades. Hay casos de personas con dos, tres y hasta cuatro lenguas maternas, como George Steiner. En esos casos elegir es esencial. Y en Galicia es la cuestión palpitante.

 

¿En qué momento se despertó su interés por investigar el idioma y por qué?

Las experiencias tempranas me sacudieron. Me preguntaba quién era yo y fantaseaba. Tras muchas fantasías terminé por asumir los datos reales. Sin conocer los estudios célticos ya logrados y poco difundidos, fantaseaba con ser una especie de Indiana Jones que en un sitio seco, inalterado, una cueva imposible, descubría el tesoro completo de la mitología y de la épica céltica. Hay que tener cuidado con lo que se desea; suele conseguirse lo que se busca con ganas, y a veces el resultado no tiene el color y sabor que se imaginaba. No es mi caso. Me gusta lo que encuentro y doy gracias por los encantos hallados.

 

Sonia Drusila y Higinio

Sonia Drusila e Higinio Martínez

 

Hábleme de la memoria colectiva impresa en las palabras.

Tenemos dos ataques, uno obvio y el otro aún no tanto. Primero: la historia de las palabras o gramática histórica es el recurso más poderoso que tenemos para entrar en la prehistoria viva. No soy historiador, pero meterme con las palabras me llevó en volandas al mejor túnel del tiempo que quepa imaginar. Cada palabra, cada frase hecha, encierra más luz que diez textos antiguos, que incluso para ser entendidos requieren una filología laboriosa. Ahora no puedo ejemplificar.

Otro ángulo es que el lenguaje recientemente se ha revelado como el psiquismo de la sociedad. Tal como la psique humana tiene conciencia e inconsciente, éste cada vez más vasto y orgánico, así las lenguas están compuestas de conciencia  (representada en el diccionario y la gramática) y un vastísimo inconsciente, que recién empezó a pisar Noah Chomsky con sus estructuras sintácticas profundas (inconscientes), y Georges Dumézil, al ver que las familias de lenguas contienen arquetipos (mitos vivos) que van en ellas. Fundó la mitología moderna comparando mitos de los pueblos de lenguas indoeuropeas. Cuando esos mitos los importan pueblos de lenguas no indoeuropeas sufren mutaciones que antes no aparecían. Los osetas, descendientes de los escitas antiguos, heredaron la leyenda de los nartos, que narra guerras y amores de tres clanes, los Sabios, los Fuertes y los Ricos. Es el esquema trifuncional omnipresente en el mundo indoeuropeo de la India a Islandia. Esa atrayente narrativa pasó a los vecinos de otras familias de lenguas, turcos y otros. Entre éstos ya no se narran las peripecias de tres clanes, sino sólo las del ya antes más destacado, el de los Fuertes.

Apenas estamos pisando los umbrales de esta maravillosa realidad, pero ya hay frutos que confirman el horizonte.

 

Hábleme de la realidad y hechos antiguos que encierran las palabras.

Llevaría siglos. Es de la dimensión de la biblioteca de Babel de Borges. Pero algo hay que espigar entre las etimologías de Coromines en las lenguas peninsulares y, ¿por qué no?, algunas que tuve la fortuna de encontrar.

Coromines tiene cientos, pero elijo cantiga, que fue maravilla para mí. Parecía un derivado del latín, como cantar, canción y tantas otras de la familia. Pero no, era otra cosa, algo que sobrevivió a la censura del latín dominante justamente por parecerse a los parientes latinos. Era un adjetivo femenino céltico de un sustantivo tácito, que probablemente sería “poesía”. En céltico tenía la forma *KANTĪKĀ.

La etimología de Urraca mostró que el céltico se habló en la península hasta el año 1000, al menos en el norte. Si parece afirmación audaz, recuerdo que estudios paralelos prueban que hasta esas fechas se hablaba en el macizo central francés y en el oeste de Suiza.

De frases hechas hay muchos libros de vulgarización. En castellano y gallegoportugués son miles las expresiones como “no hay tu tía”, que si se supiera el origen habría que escribir “no hay tutía” y fue “no hay atutía”, no hay remedio.

 

¿Qué es ser celta?

Es la cultura que unió a Europa. Con la agricultura vino de Anatolia la lengua indoeuropea, difundida entre el 6000 y el 4500 antes de la era. El céltico era el indoeuropeo de Europa, salvo Balcanes, antes del desgajamiento primero del itálico y después del germánico. Por lo tanto, el megalitismo atlántico fue céltico. Las noticias históricas de los celtas aparecen tarde en autores griegos y pintan al mundo céltico difusor del hierro, venido de los escitas. Los difusores fueron los celtas alpinos, que con el hierro trasmitieron al resto de la Europa céltica un rasgo dialectal propio, la pérdida del fonema P. n

El imperio romano quebró esa unidad y la sustituyó con la suya, no sin apropiarse de las avanzadas tecnologías célticas: carruajes varios, amortiguadores, barriles, etc. El retroceso céltico fue lento y de mucho mestizaje. La cultura alta desapareció pronto con los colegios de letrados sacerdotes, los druidas, peligrosos para el imperio. Al final, las lenguas célticas, neocélticas, duraron sólo en los rincones del occidente Atlántico, pero el sustrato de toda Europa occidental muestra su influencia, que reverdeció con el ingreso de las tribus germánicas, de culturas afines.

 

¿Cómo le gustaría que fuera Galicia del punto de vista político?

Está la utopía y el mediano plazo previsible y realizable. En lo inmediato, me gustaría que la desconfiada población gallega tomara conciencia de su identidad y del valor que supone. Se dará cuando descubra el valor de su lengua, que fue manchada y escarnecida. Entonces se librará de los capataces que la oprimen. Cuando los gallegos se den cuenta del brillo de su cultura, ocultado por el vilipendio y auto-odio, la realidad honda surgirá deslumbrante. Ya estaremos cerca de la utopía, que por sagrada temo pisar. Entonces no sólo volverán los territorios de lengua gallega podados en 1833, sino que incluso toda Asturias, León y media Zamora buscarán restaurar el territorio que la historiografía oficial llama Reino de León, y que en el medievo cristianos y musulmanes llamaban en latín y árabe Reino de Galicia. Lo que no es soñar con hegemonías, sino en fraternidades, con Portugal y todos los pueblos de la península.

 

¿Quiere decir que a Galicia le faltan territorios perdidos?

Así es. El régimen centralista siempre buscó carcomer los países que sonaban con una nota diferente. Y usó diferentes recursos, incluido el sacrificio de la propia Castilla, de la que sólo aprovechó el idioma. De Andalucía, el folclore, De Canarias, el clima africano de sus playas. ¿Para qué seguir? Sólo agregaré el simbolo del toro, de honda raíz céltico, pero que fue bastardeado e inmolado en un ceremonial que se ha transformado precisamente en su suicidio. La corrida al uso no es antigua; cuajó en el siglo XIX. El toro, como en Irlanda, es la representación mítica de la fuerza de la nación y de su país. Ese símbolo vive aún en la chega de bois del norte portugués, donde el toro no muere. La lucha reproduce en nuestros días el motivo de la epopeya céltica guardada en el ciclo del Ulster, El Robo del Toro de Cualnge, donde luchan el toro de Connacht con el del Ulster. En el Barrozo combaten dos toros que representan a dos pueblos. Se enfrentan y el que resulta vencido simplemente se retira. La muerte del toro en “la fiesta nacional” escenifica el suicidio nacional, y por tanto es una mueca sarcástica del inconsciente ante la actitud ciega de la conciencia actual.

 

¿Qué cabría agregar para el público de Valdeorras?

Es oportuno hablar de unos nombres de lugar que nos revelan un glorioso pasado, aunque despachar todo ese tesoro en pocas líneas también se parezca a mojar la pólvora. Con todo, algo habrá que adelantar de lo que encontré al escudriñar su territorio para mi libro de As Tribos Calaicas, ahora disponible en Internet.

Valdeorras conserva el nombre de la tribu de los gigurri (latín) o *GEGORROI (céltico calaico). En (Vald)eorras lo que llegó es el acusativo (o caso del objeto directo) céltico del  plural, *GEGORRĀS. Su territorio no se limitaba a la comarca de Valdeorras; también abarcaba el Bierzo, la sierra del Caurel y los Ancares. Estos nombres revelan una historia asombrosa, que cuesta creer, pero que se impone.

*GEGORROI significa “acalorados”, en el sentido de “enardecidos”. En Argentina dicen “calentones”. Era un típico nombre tribal de alarde guerrero, anterior a la escala cristiana de valores, similar a la del samurái. En protocéltico era *GEGORSOI, participio perfecto de la raíz *gher– “calor; calentar”.

Bierzo se registra en latín como Bergidum, y remonta al céltico *BERGEDON “Montaña, país montañoso” (hay sinónimos: *BARROKION, de donde Barrozo). Cerca de Cacavelos estaba Bergidum Flavium, cabeza de la tribu, central por lo que fue y por el imaginario que funda. Floro y Orosio refieren la guerra del año 26 aC. contra Bergidum. Ellos tomaron las noticias de la parte perdida de la obra de Tito Livio, que a su vez seguía la autobiografía de Augusto (De vita sua), que según Suetonio llegaba “a la guerra cantábrica y no más allá”. Ahí refieren el  avance de la columna central romana desde el campamento de Asturica-Astorga. Floro dice que “primero se los combatió bajo los muros de Bérgida. Desde ahí se pusieron en fuga hacia el altísimo monte Vindio, que antes escalarían los mares del Océano que las armas romanas”. Orosio, que era bracarense, dice: “Justo entonces, bajo los muros de su ciudad, juntados en batalla campal y vencidos, se refugiaron en el monte Vindio, protegidísimo por naturaleza, donde casi fueron exterminados por el hambre del asedio”.

De la historia escrita por los vencedores se pueden entresacar hechos desnudos, no siempre del color con que quisieron pintarlos. Aquí no hubo guerrillas, ni defensores encerrados en las anchas murallas. Enfrentaron a los romanos en abierta batalla campal (máximo bello) fuera de sus muros. La suerte bélica sólo podía ser de los creadores del ejército moderno; el ethos homérico no podía vencer al orden prusiano. Vencidos por el orden latino, pudieron abrirse paso con la espada hacia la montaña que conocían bien. Y los romanos no quisieron perseguirlos. Neutralizada la rebelión abajo, el Imperio no se sentía amenazado. Comenzó un asedio laxo que intentaba hambrearlos en las cumbres. Conseguido el objetivo político, declararon a los “bandidos” casi exterminados por el hambre. La voz vencedora no refleja toda la verdad: los “enardecidos” permanecieron indefinidamente en la montaña, como una aldea de Asterix nunca sometida.

El monte Vindio (célt. *WINDION “[país montañoso] Blanco”) es un sinónimo de Alpes (del célt. *ALBES “[montes] Blancos”) que alude a sus cumbres nevadas. Es un colectivo de los montes cantábricos, cuya estribación final por el oeste son los Ancares, donde se refugiaron los guerreros abriéndose paso con la espada hacia las cumbres inaccesibles para los romanos.

La revista se cierra con la palabra: Ancares. La montaña no es tan rica como el valle. Pero, pese al rigor del terreno, allí subsistieron libres del poder imperial, como aldea de Asterix insumisa. ¿Fue así en verdad? Es lo que se deduce del nombre Ancares. ¿Qué significa? Plural no es; no hay un tema ancar-, latino o céltico. Es un híbrido céltico-latino declinado en latín en el caso ablativo-locativo del plural, común en topónimos bajolatinos: *Ancarīs. Esa desinencia se aplica al tema céltico *ANKARO-, fácil de traducir. Contiene el prefijo negativo AN- (indoeuropeo *-, lat. in-, germ. un-, gr. α-) y el adjetivo KARO- “amante; que ama”, raíz *– “desear; amar”. En céltico tenía sentido activo (“amante”), al revés del par latino, que era pasivo (“amado”).  Por lo tanto *ANKARO- era “que no ama”. Pero, ¿qué quiere decir que no aman? Si se refiere a los habitantes, ¿es que no eran humanos? Eran “los que no aman, que rechazan [la ley romana común]”. El aislamiento, el tiempo andado, se haría tenue discriminación hacia los  montañeses, olvidada la causa, pero viva subliminalmente, como se ve en Rosalía, que en los Cantares Galegos, recoge los versos populares Enque che som da montanha, enque che som montanhesa, enque che som, nom me pesa. Y allí quedaron hasta hoy, débiles pero dignos, guardando usos y arquitectura, já no la lengua, que sin embargo debió durar más ahí, tal vez después del año 1000, fecha en que datamos en general la desaparición de las hablas célticas del norte.

¿Qué sabíamos pocas décadas atrás de los Ancares, aparte del Zebreiro, la palloza y el urogallo? Aunque allí algunos se gratificasen cazando o haciendo turismo entre aventurero y conmiserativo, poco más se sabía. No sabíamos lo esencial, lo que piedras y lugares proclamaban sin que la atención lo notase.