Matías Ortega Carmona

Matías Ortega Carmona

Cuenta la leyenda que hace muchos, muchísimos años, existió un malvado gigante que tenía atemorizados a los habitantes de un bello país. No le bastaba con tomar, para él, la parte de las cosechas que necesitaba para su sustento, sino que además, acostumbraba a arrasar el resto.

Sus correrías habían sumido en la más absoluta miseria a los esforzados campesinos que morían de hambre o a manos de aquella terrible criatura cuando, desquiciados, osaban oponerse a él. Aquellas pobres gentes, hartas de sufrir las fechorías del despiadado ogro, pidieron ayuda al Dios Hércules quien acudió a socorrerles.

Aunque era un Dios, no fue una empresa fácil para Hércules enfrentarse a Gerión (así se llamaba aquel gigante), quien poseía toda la fuerza que es capaz de acumular la maldad. Durante muchos días se enfrentaron sin que la lucha pareciese tener fin. La tierra temblaba ante el embate de los dos colosos. En varias ocasiones pareció que alguno de los contendientes había llegado al límite de sus fuerzas pero, empujados por misteriosas energías, se recuperaban y la lucha seguía con mayor ferocidad aún. Hércules, finalmente, se impuso a Gerión; una vez abatido el gigante le cortó la cabeza y lo sepultó bajo una gran torre. Esta construcción, desafiando al tiempo, ha perdurado hasta nuestros días como símbolo e identidad de una gran ciudad, A Coruña.

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Esto es, dicho a mi manera, lo que cuenta la leyenda. Quizás por ser leyenda y porque me parece que los gigantes también tienen corazón, pienso que la historia muy bien podría haber ocurrido de este otro modo:

Hace mucho, mucho tiempo…

Las pocas casas que aun estaban en pie eran presa de las llamas. Los habitantes del pueblo, que no habían perecido en el ataque, corrían despavoridos buscando un lugar donde ocultarse de aquellos malhechores y sobre todo de su jefe, el gigante Gerión. Este, veía correr a la pobre gente que, desde su altura, le parecían conejos asustados en busca de una madriguera y sonreía divertido ante el terror que causaba. Mientras tanto, el resto de aquellos bandidos se dedicaban a los más sórdidos actos de pillaje.

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En la vida de Gerión era tan sólo un día más y esos actos vandálicos formaban parte de su rutina cotidiana. Desde que nació había sido diferente. Su rápido desarrollo fue motivo para que la gente, primero, se riese de él y poco después empezase a temerle. La falta de cariño le convirtió en un ser rencoroso y su mísera infancia alimentó su desprecio hacía el resto del mundo. Creció de forma desmesurada hasta convertirse en un gigante a quien nadie podía hacer frente. Su existencia pasaba por ser la crónica de tristes y devastadores sucesos en los que, él, era el gran protagonista. Hacía ya muchos años que se dedicaba a sembrar el terror por doquier, arrasando todo lo que encontraba a su paso. Su fama y el temor que despertaba era tal que la gente se estremecía solo con oír su nombre.

Después de su última fechoría y de haber disfrutado del botín de la misma, Gerión ordenó a sus hombres que se preparasen para ponerse en camino. Buscarían un nuevo lugar en el que seguir engrandeciendo su leyenda.

Así, llegaron a un país de bosques tan espesos que apenas dejaban pasar la luz. La vegetación era tan exuberante que apenas había caminos. Los montes llegaban al mar, formando abruptos acantilados y sus moradores vivían en dispersas aldeas. Gerión había oído hablar de una tierra como aquella en la que también, se decía, habitaban hadas y meigas. Al instante, quedó cautivado por aquel lugar. Sus ansias de lucha y de saqueo se evaporaron, como si nunca hubiesen estado en él. Por ello avisó a sus acompañantes para que, en forma alguna, atentasen contra aquella tierra o sus habitantes. 
Aquellos bandidos, interpretaron las palabras del gigante como un signo de debilidad y lejos de obedecerle decidieron rebelarse contra él. Aprovecharon para atacarle mientras dormía y, aunque le hirieron gravemente, la fortaleza de Gerión era tan grande que se repuso lo suficiente para acabar con sus antiguos camaradas de fechorías.

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Tumbado en el bosque, en estado febril por las heridas recibidas, Gerión, pensó que deliraba cuando oyó las voces de las dos mujeres. Se trataba de dos hermosas meigas (¿quién dice que las meigas no pueden ser hermosas y buenas?) que informaron a Gerión de que sus días en la tierra estaban llegando a su fin. También le ofrecieron un deseo cada una, pero con la condición de que para que estos se cumpliesen el gigante debería mostrarse antes verdaderamente arrepentido de la vida que había llevado. Gerión aceptó y pasó sus últimos días subiendo a las cimas más elevadas de aquel territorio. Sentado en lo más alto, ahíto con la belleza del paisaje, lloraba y lloraba, arrepentido de los muchos pecados que había cometido. Tantas eran sus lágrimas que, al desprenderse por las montañas, iban abriendo surcos en las mismas, formando ríos que, en su encuentro con el mar, moldeaban la costa con rincones maravillosos.

Las meigas entendieron que el arrepentimiento de Gerión era real y decidieron concederle sus deseos. Gerión, ya moribundo, pidió a estas que su cuerpo, que tanta maldad había contenido, fuese enterrado junto al mar y sobre su tumba se edificase una torre que le impidiese volver a salir a la luz. Su segundo deseo fue que su espíritu pudiese volar, libremente, acompañando a las aves.

Cuentan que las meigas pidieron ayuda a Hércules para enterrar a Gerión y construir la torre, junto al mar. También dicen que, acompañando a cualquier ave de las que surcan los cielos de Galicia, si lo intentamos, podremos identificar el espíritu de Gerión que, incansable, vigila aquella tierra de la que sigue enamorado, aun, en el más allá.

Matías Ortega Carmona

http://matiasortegacarmona.blogspot.com.es/