Matías Ortega Carmona

Matías Ortega Carmona

No hay virgen, santo, iglesia, ermita o incluso alguna fuente, en Galicia,  que no tenga su leyenda. Esas leyendas son en parte el origen de multitud de romerías que se celebran por todos los rincones gallegos. Esta es mi versión de una de ellas, la Romería de La Santa Cruz de Aranga.

Valle de Aranga

Valle de Aranga

Romería de La Santa Cruz de Aranga

Sábado 3 de mayo, es la segunda vez que acudo a esta romería  y en esta ocasión, a pesar de mi poca fe, lo hago con el espíritu más expectante y participando de los actos religiosos que allí se celebran.

Recuerdo mi primera visita, hace algunos años, en la que lo ignoraba todo sobre el lugar y lo que en el mismo acontecía. Acudí invitado por unos parientes que son habituales seguidores de esta celebración. El viaje, por una carretera estrecha, con el asfalto en mal estado y un sinfín de curvas, se me hizo muy largo a pesar de que los kilómetros recorridos no fuesen demasiados. Pensaba durante el trayecto que, si bien todo lo que no se conoce merece algo de esfuerzo por descubrirlo, en este caso con ir una vez sería suficiente.

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Una vez llegados a nuestro destino y ya fuera del automóvil el paisaje me impactó. Aranga es uno de los concellos más extensos, en territorio, de la provincia de A Coruña y curiosamente su Ayuntamiento está ubicado en un reducido núcleo urbano que conforman La Casa Consistorial, delante de la cual hay una placita  a la que se asoman una taberna y cuatro o cinco edificaciones más. Un monolito dedicado al  insigne maestro Mosquera, que impartió sus enseñanzas en este territorio y una coqueta fuente a la que saluda un árbol de camelias, completan el conjunto.

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Todo ello está situado a la orilla del Río Mandeo, corriente de aguas cristalinas que fluyen sin prisa en su camino a Betanzos.

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Allí, en la ciudad de los caballeros, el Mandeo recibirá a otro río menos caudaloso, el Mendo, y ambos se entregarán al mar para formar una hermosa ría.

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Saliendo de la plaza subimos por una estrecha carretera que lleva al lugar de Pereira; después de dejar atrás un par de casas rodeadas de huerta y el edificio de la casa de cultura,  llegamos a la Iglesia de San Paio.

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Lo que en otro tiempo debió ser un bello recinto religioso presenta en la actualidad un aspecto bastante ruinoso. Se conservan en relativo buen estado la iglesia y el cementerio (algo común en Galicia) que la rodea. Una fuente de piedra no demasiado cuidada vierte agua por su único caño y un Cruceiro, sin grandes méritos arquitectónicos, se eleva, como los eucaliptos vecinos, hacia el cielo en busca del sol. El edificio que antiguamente sirvió de alojamiento a los clérigos está prácticamente sin tejado  y amenaza con derrumbarse de un momento a otro.

En la Iglesia, las misas se repiten de hora en hora para poder atender a todos los feligreses que hasta ella se acercan. Una vez acabado el oficio religioso, mientras el cura que ha oficiado la misa ofrece a los creyentes la cruz para que estos la besen, empieza la hora de las ofrendas. Son muchas las personas que depositan cirios encendidos a los pies del camerino de la Santa Cruz, agradeciendo o pidiendo un milagro o una curación que están por venir  o que bien ya se han producido.

Puestos de venta ambulante, con las tradicionales rosquillas presentes en cualquier festejo que se celebre en estas tierras, están situados en la plaza y a lo largo del camino que lleva a la iglesia. Fue en uno de ellos donde escuché la historia de Maruxa, una campesina de una de las aldeas del Concello que, hace mucho, mucho tiempo, a punto estuvo de morir de melancolía viendo cómo la tierra le negaba su fruto.

Maruxa, una aldeana viuda con tres hijos, trabajaba la tierra heredada de sus antepasados y veía desesperada como todo su esfuerzo era en vano. Año tras año, cuando la cosecha empezaba a despuntar, llegaba una plaga que la arrasaba. En los campos vecinos el maíz crecía mientras que en los suyos las plantas apenas asomaban languidecían.

La mujer no sabía qué hacer ni a quién acudir y un día oyó hablar de que en la Iglesia  de San Paio en Aranga, los creyentes, cada 3 de mayo, acudían a venerar a la Santísima Cruz. Pensó que nada perdía en ir a orar ante aquella reliquia y que si la Cruz que vio morir  a Jesús también lo vio resucitar, porque a ella no iba a cuando menos a reconfortarla.

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Maruxa caminó durante muchas horas por tortuosos caminos, pero cerca ya de su destino se sintió tan cansada que tuvo que tumbarse a descansar en la orilla del sendero. Pensando en  sus campos yermos lloró desconsolada durante largo tiempo hasta que la fatiga la rindió y quedó dormida. Cuando despertó observó sorprendida que allí, en el lugar donde sus lágrimas cayeron, manaba el agua como si en él siempre hubiese habido un manantial. Bebió de aquella agua y siguió andando. En el resto del trayecto, hasta llegar a la iglesia, sintió que sus pies más que andar volaban y, con cada paso que daba, mermaba su pena y la paz y el sosiego se adueñaban de su corazón.

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La Iglesia de San Paio estaba llena cuando llegó; para  poder sentarse tuvo que subir hasta la primera planta, donde un grupo de sacerdotes entonaban cánticos que acompañaban al servicio religioso. Siguió con atención la misa y acabada la misma se sumó a los muchos fieles que esperaban para besar la Cruz; mientras lo hacía tuvo una visión; una nube cogía agua del manantial, nacido en el lugar donde ella derramó sus lágrimas, y la dejaba caer sobre sus áridos campos.

Antes de abandonar el templo depositó una vela encendida bajo el camerino de la Cruz; después, en uno de los puestos situados en la pequeña plaza junto al río, compró las rosquillas que sabía harían las delicias de sus hijos cuando llegase a su casa. Debía de andar varias horas, antes de verse de nuevo en su hogar, pero la experiencia vivida y el deseo de encontrarse con sus hijos hicieron el viaje más llevadero. Superó con decisión las empinadas cuestas que encontró en su camino y antes de lo que había pensado estaba abrazando a sus pequeños.

Maruxa  se sorprendió al ver sus campos mojados, pues en los últimos días no había llovido en aquellos contornos. Recordó la visión que tuvo al besar la Cruz y pensó que quizás sus plegarias habían sido escuchadas. Al día siguiente se puso manos a la obra y esparció la simiente de maíz por toda su tierra. Transcurridos tres meses las plantas habían sobrepasado a la mujer en altura y todas ellas estaban cargadas de preciosas panochas que prometían grano en abundancia.

Nunca más los campos de Maruxa estuvieron baldíos y cada año, el tres de mayo, la mujer acudió a la Iglesia de  San Paio para agradecer aquel milagro.

Las leyendas, leyendas son. Puedes, como se dice en Galicia con las meigas, creer o no creer en ellas pero haberlas hailas y los milagros seguramente también alguna vez suceden y haberlos hailos.

Matías Ortega Carmona

http://matiasortegacarmona.blogspot.com.es/