Drusila

Drusila

Juan cree que por su causa: acción, produjo una consecuencia: reacción negativa sobre la integridad física o emocional de su amigo Pedro.
Sintiéndose magnánimo, altamente virtuoso, al notar la culpa royéndole el estómago, ofrece disculpas, con o sin pedido de perdón adosado.
Pedro se sorprende, y le asegura a su buen amigo que nada tiene que ver él con su mal.
Juan se siente aliviado, por supuesto, más en una parte muy pequeña de su mente, decepcionado.

Para la religión católica la humanidad entera nace con la carga del pecado original, una culpa heredada de generación en generación, lavada con determinado ritual.
Esta culpa primordial, entre otras cuestiones, diferencian al humano de las bestias quienes viven anónimas y amontonadas en la gracia de la inocencia, a grandes rasgos es uno de los dogmas de la iglesia.
Ahora bien, esa postura gigantesca de reproche por un hecho del que no se ha participado brinda al humano una enorme importancia.

Una leyenda de incierto origen cuenta como un hada no muy avispada, molesta por el brillante reflejo de la luna en una charca lo ataca con un palo, dándole de golpes a la superficie del agua consigue romper el fuerte reflejo en cientos de pequeñas chispas.
Al elevar su mirada encuentra la luna llena tranquila en el cielo, pero, entiende que de alguna manera la dañó. Avergonzada por su acción, creyéndose causa de un desastre en las alturas, el hada termina hundiéndose en la misma charca, con la culpa atada a su cuello como piedra.

Hablando de eso, una piedra no tiene responsabilidad alguna cuando alguien tropieza con ella y se hiere, una piedra es sólo eso, una cosa con cierta dureza.
Imaginemos que toma conciencia de si misma, advierte que poco puede hacer para superar su humilde condición, sin embargo, puede creer que es responsable de la herida del caminante ya que marcó su destino más no sea con un rasguño, eso le da identidad, e interactúa con el sentimiento de culpa que proyecta y la refleja como algo “actuante”,ya no es una vulgar roca.
Es porque dejó impacto, y mas grande sea el impacto más “es”.
La devolución culposa auto generada la eleva varios escalones de su sitial en el llano.

IMG_2069

El poder de dañar es uno de los más apreciados y menos sincerados, y el arrepentimiento que a veces genera es no solo prueba del daño, un diploma de existencia contundente, además, quita eficazmente la sensación de insignificancia, esa molesta intrascendencia cósmica tan pesada de llevar.
La idea de dejar una cicatriz en el otro, o en el entorno natural es, sencillamente, prueba de existencia, de haber actuado.
La raza humana exagera con su idea de dañar gravemente a la tierra, de hecho es claro que esta dañando el eco sistema, pero, también se calcula que por más que el hombre perpetre sus desastres ecológicos, el planeta sabe limpiarse a si mismo.
Es una certeza difícil de tragar, la raza humana tiene poder de daño total sobre sí misma, otras especies, pero, jamás daño total al planeta, no al menos por ahora,creer en eso es otra forma retorcida de antropocentrismo.

Paradójicamente, aquellos que verdaderamente son responsables de grandes males rara vez sienten culpa, pasan por encima de esa sensación.

Cuando los niños juegan, y uno hiere a otro, generalmente quien ha sido agredido lanza un “no me dolió”, descalificando e ignorando el golpe. En una maravillosa sabiduría intuitiva, sabe que es lo peor, es quitarle impacto, no rozó su vida, no dejó marca. Es decir, no existe.
Desde ya, es bueno aclarar, que este concepto de culpa egoísta no engloba ni define el otro estado, aquel que si es sincero, es decir, que por error u omisión se haya causado un mal, y la resultante sea un deseo de reparación, porque la sana y deseable empatía no permite que el individuo causante del daño se sienta indiferente.
Tiene que ver con el instinto de supervivencia de la especie.
Es sano, aconsejable, y sobre todo sabio, el acto de reconocer el impacto, y tratar de enmendarlo, de no ser posible, el sentimiento de desagrado con uno mismo, el reproche intimo generará el aprendizaje, y, es seguro que no se cometerá la misma ofensa.

Pero muchas gentes buscan el consuelo de la culpa constante, y hasta se torturan a si mismas sintiéndose abominables. Creyéndose responsables de todos los males que ven desplegarse a su alrededor. Cuando, en realidad, poco y nada han hecho para aportar a determinados acontecimientos.
Alimento básico de psicólogos, estas personas luchan cansinamente contra un interesante listado culposo, que abarca quizá, el momento mismo del nacimiento y el dolor que causaron a su madre. No es algo exagerado, hay quien piensa en si mismo en esos términos.
En el fondo, esas gentes tienen un alto concepto de si mismas, que, como una capa, disimula el temor a la intrascendencia.

Por eso, en el fondo, solo imaginan ser torcedoras de destinos, intentan salir del molesto estado inerte de piedra, y, para peor, algunas gentes dañan intencionalmente, para serlo, y así, reafirmar su existencia misma.

Sonia Drusila Trovato Menzel (Ilustación y texto)